Cada vez somos más conscientes y conocemos más sobre la inflamación y las multiples partes que juegan un papel esencial en todo el desequilibrio de nuestro entorno interno. Sabemos que esta inflamación no solo viene dada por lo que vivimos y lo que comemos (cortisol y alimentación pro-inflamatoria) sino que aspectos tan básicos como los horarios que llevamos pueden alterar todo nuestro entorno. Si quieres saber más sobre cómo ponérselo dificil a la inflamación, sigue leyendo y te lo contamos todo.
La inflamación es una respuesta biológica esencial que ayuda al cuerpo a combatir infecciones y reparar tejidos dañados. Sin embargo, cuando se vuelve crónica, la inflamación puede tener efectos perjudiciales y se ha asociado con el desarrollo de enfermedades crónicas, incluido el cáncer. La inflamación crónica puede crear un entorno propicio para el crecimiento y la proliferación celular anormal, ya que diferentes estudios han demostrado que la inflamación persistente puede inducir alteraciones en el ADN, promover la creación de nuevos vasos (angiogénesis) y facilitar la evasión del sistema inmune por parte de las células cancerosas (Mantovani et al., 2008; Coussens & Werb, 2002).
Algunas piezas del puzzle…
¿Y cómo podemos prevenir esta inflamación? Lo primero es concer como influye la luz del sol, o lo que conocemos como los ciclos circadianos. Los ciclos circadianos, o el “reloj biológico” del cuerpo, regulan una serie de procesos fisiológicos, incluido el ritmo de la respuesta inmune. Si alteramos estos ciclos, por ejemplo, los horarios nocturnos en el trabajo, el jet lag o una exposición irregular a la luz, pueden afectar negativamente la regulación de la inflamación. Un estudio en Lancet Oncology (2010) encontró que la interrupción de los ciclos circadianos aumenta los marcadores de inflamación, lo que podría contribuir al desarrollo de enfermedades crónicas y al cáncer. La relación entre el reloj biológico y la inflamación es compleja, ya que este reloj controla la liberación de citokinas y otros mediadores inflamatorios, regulando su activación y supresión a lo largo del día (Kalsbeek et al., 2014). Por ejemplo, alterar la hora a la que nos vamos a dormir e ir a la cama tarde, altera también la funcionalidad y recuperación del sistema inmune. Otro ejemplo es que al alterar las horas de comida y comer o cenar más tarde, también altera las digestiones, la liberación de hormonas digestivas y afecta al metabolismo.
Y si seguimos hablando sobre la comida… la siguiente pieza del rompecabezas que debemos controlar es nuestra salud intesitnal y microbiota. La salud intestinal está estrechamente relacionada con la inflamación sistémica. La microbiota intestinal, que consiste en trillones de microorganismos, juega un papel crucial en la modulación del sistema inmune y la regulación de la inflamación. Alteraciones en la composición de la microbiota, como la disbiosis, pueden desencadenar una respuesta inflamatoria anormal. Esto es particularmente importante en el cáncer, ya que se ha encontrado que una microbiota desequilibrada puede aumentar la inflamación intestinal y sistémica, contribuyendo a un entorno más propicio para el crecimiento celular desequilibrado (Schwabe & Jobin, 2013). Además, los tratamientos como la quimioterapia y los tratamientos dirigidos, o el desequilibrio del sistema inmune, puede afectar a este proceso. Por ello, regular la microbiota y cuidarla tanto si tenemos cáncer como si no, será esencial a la hora de reducir algunos efectos secundarios, y ayudar a nuestro sistema inmune a funcionar de manera adecuada.
La relación entre la inflamación intestinal y el cerebro se conoce como el eje intestino-cerebro. La disbiosis y la inflamación crónica del intestino pueden influir en la inflamación cerebral y afectar la química del cerebro, incluyendo la producción de neurotransmisores como la serotonina y la dopamina. Esto se debe a que aproximadamente el 90% de la serotonina se produce en el intestino. Una microbiota desequilibrada puede, por tanto, afectar el estado de ánimo y la función cognitiva, aumentando el riesgo de trastornos neuroinflamatorios y de enfermedades como la depresión y la ansiedad (Cryan & Dinan, 2012). La inflamación intestinal también produce una reducción de la serotonina y el aumento de cortisol, la hormona del estrés, lo que contribuye a un ciclo de inflamación y disfunción neuroquímica. Estas alteraciones no solo tienen un impacto en la salud mental, sino que también pueden influir en la progresión del cáncer y otras enfermedades crónicas debido a la conexión estrecha entre la inflamación, la función inmune y la respuesta al estrés.
Afortunadamente tenemos soluciones
El ejercicio físico tiene un papel clave en la reducción de la inflamación global del organismo y en el control de factores relacionados como el cortisol, las hormonas y la química cerebral. La actividad física regular ayuda a regular los niveles de cortisol, la principal hormona del estrés, evitando su acumulación crónica que puede contribuir a la inflamación. Además, mejora la producción de neurotransmisores como la serotonina y la dopamina, que promueven un buen estado de ánimo y reducen la inflamación a través del eje intestino-cerebro. El ejercicio también fomenta un microbioma intestinal saludable, lo cual refuerza la barrera intestinal y limita el paso de sustancias proinflamatorias al sistema circulatorio. Estos efectos combinados ayudan a controlar la inflamación y a mejorar la respuesta inmune del cuerpo. Estudios como los de Dinan y Cryan (2017) y Foster y Neufeld (2013) han subrayado estos beneficios al mostrar cómo la actividad física impacta positivamente en la microbiota y en la regulación de la inflamación. Además, mantener una buena masa muscular ayuda a esta regulación, así como una buena capacidad cardivascular. Esto se debe a que cuando movemos el músculo haciendo ejercicio se liberar una serie de sustancia denominadas miokinas que ayudan a reducir la inflamación, el metabolismo y ayudan a otras hormonas antiinflamatorias a actuar de maenra adecuada en el organismo.
¿Quieres saber más? ¿Tienes preguntas y te faltan respuestas? No te preocupes, sabemos que es un tema complejo. Por ello, para ayudarte con todo esto, no te pierdas nuestro próximo taller donde la Dra. Olga García donde nos explicará mucho más en detalle todos estos aspectos, ayudándote a conocer qué más puedes hacer tú en este proceso. Infórmate sobre el taller aquí.
Y ya sabes, ademas, ANTE EL CÁNCER, ¡MUÉVETE!
A continuación te dejo algunos de los estudios que hablan sobre este tema:
- Mantovani, A., et al. (2008). Inflammation and cancer: back to Virchow? The Lancet.Coussens, L. M., & Werb, Z. (2002). Inflammation and cancer. Nature.
- Kalsbeek, A., et al. (2014). Circadian control of the immune system. Nature Reviews Immunology.
- Schwabe, R. F., & Jobin, C. (2013). The microbiome and cancer. Nature Reviews Cancer.
- Cryan, J. F., & Dinan, T. G. (2012). Mind-altering microorganisms: the impact of the gut microbiota on brain and behaviour. Nature Reviews Neuroscience.
- Touchefeu, Y., et al. (2014). Systematic review: the role of the gut microbiota in chemotherapy- or radiation-induced gastrointestinal mucositis – current evidence and potential clinical applications. Alimentary Pharmacology & Therapeutics.
- Schwabe, R. F., & Jobin, C. (2013). The microbiome and cancer. Nature Reviews Cancer
- .Cryan, J. F., & Dinan, T. G. (2012). Mind-altering microorganisms: the impact of the gut microbiota on brain and behaviour. Nature Reviews Neuroscience.
- Foster, J. A., & Neufeld, K. M. (2013). Gut-brain axis: How the microbiome influences anxiety and depression. Trends in Neurosciences.
- Kelly, J. R., et al. (2015). Transferring the blues: Depression-associated gut microbiota induces neurobehavioural changes in the rat. Journal of Psychiatric Research.
- Dinan, T. G., & Cryan, J. F. (2017). The Microbiome-Gut-Brain Axis in Health and Disease. Gastroenterology.
- Foster, J. A., & Neufeld, K. M. (2013). Gut-brain axis: How the microbiome influences anxiety and depression. Trends in Neurosciences.